Los vientos del otoño se comenzaban a posar en cada rama que estuviera a su paso, los vientos fríos comenzaban a helar las páginas de los libros que se negaban a congelarse, letras corriendo de un lado a otro para evitar que el viento y el frío las despojaran de sus lugares, de las palabras que formaban y conformaban hermosas y mudas melodías escondidas dentro de suaves árboles acoplados uno encima de otro, los cuales si eres capaz de concentrarte y cerrar los ojos por unos instantes puedes escuchar sus melodías que con sigilo y calma te van a relatar historias que te llevarán a lo más recóndito de tu imaginación.
Los suaves cantos del pájaro llegan con una pluma dispuesta a ser escuchada, tintes provenientes de los pulpo más sumergidos llegan a flotar para poder descansar sus tintes y dibujar los escenarios perfectos de lo que el deseo quiere contar.
jueves, 15 de agosto de 2013
lunes, 12 de agosto de 2013
Cuatro
Cuatro paredes me rodean, me siento desesperada, algo ansiosa, quiero escapar, pero no tengo idea de lo que haré una vez que esté afuera, así que me resigno a seguir el día igual que siempre. Cada una hora unos ojos se asoman por el entreabierto recuadro junto a la puerta, seguramente piensan que soy estúpida y no me doy cuenta, pero estoy consciente de la gran mayoría de sus movimientos, de sus estrategias para hacer que me pierda en el tiempo. Alrededor de la cuarta mirada después de mi despertar y cuando la luz del sol se poza en la pared que está a un costado de mi rincón común, me abren la puerta para ir al patio de las flores masculladas y maltratadas por las manos de alguno de los desconsiderados que también tienen que frecuentar este patio. Me siento en la banca amarilla, como de costumbre, me agrada porque siento que es una de las pocas cosas alegres y en la cual me puedo sentir un poco tranquila en este lugar. Después de un rato, a unos 10 metros de mi, observo al chico de las nubes, aún no se su nombre, aún no me atrevo a hablarle, solo me limito a mirarle y cuando éste se da cuenta comienzo vagamente a jugar con mis manos de nervios. Ese día, aquel día en que comenzó a darse cuenta de que yo lo miraba, dejó de mirar las nubes en su lugar de costumbre, creo que se mudó a algún lugar donde yo no lo pudiera observar.
Dispuesta a resignarme intenté ponerle mucha más atención a las otras cosas aparte de él que me gustaban, pero a cada momento su rostro venía a mi cabeza de forma involuntaria, creo que mi cerebro tenía un serio problema con sus ojos y las expresiones que hacía cuando por ejemplo le llegaba el sol en la cara y fruncía el ceño entrecerrando los ojos o simplemente cuando una ráfaga de aire jugaba con su pelo y el parecía disfrutarlo.
Un día inusualmente las ojos del recuadro me comenzaron a observar de manera más continua, lo noté porque contaba el tiempo, las miradas por día, 12 miradas que se convirtieron en 24 de un día para otro. No me lo explicaba, sabía que algo andaba mal, sabía que no lo hacían sin motivo alguno, estaba completamente intrigada, pero como siempre me limitaba a observar las cuatro paredes que me rodeaban.
Más o menos al correr de una semana supe el motivo de la anomalía, me llevaron a un cuarto de paredes grises, habían 2 sillas, una mesa en el centro y una gran espejo justo frente a mi. Me dejaron sola allí, pero en unos pocos segundos entró un señor con una sonrisa falsa que simulaba amabilidad, pero se veía en sus ojos que no era sincero su gesto. Comenzó con un par de preguntas sobre mi, me limité a responder solo lo que él preguntaba, de un momento a otro sus preguntas me parecieron extrañas, y si, me preguntó por el chico de las nubes, el chico que yo solía observar en el patio sentada tranquilamente en la banca amarilla, cuando salí de la sala noté que estaban haciendo con todos lo mismo y antes de llegar a mi cuarto me di cuenta que 2 salas más allá estaba lleno de sangre, ahí supe que el muchacho había sido asesinado.
Un sentimiento de angustia me invadió, la tristeza se quería apoderar de mi, pero yo quería parecer fuerte frente a esta, no quería demostrar lo mal que me sentía, no quería asimilar lo cobarde que fui, lo suficientemente insegura como para dejarlo morir sin saber su nombre, teniendo en cuenta que era lo que más me gustaba de este lugar, que siempre esperé con ansias la cuarta mirada para salir al patio y poder verlo, ahora ya no podré hacerlo, ahora no tiene sentido salir si no estará él, si no podré contemplar su figura, su rostro, su mirada, su cabello, sus mirada que me hacía perderme.
Cuando me di cuenta que mi vida ya no tenía sentido, que cada despertar era en vano, porque ya no podía observar lo poco que me mantenía con vida en este lugar decidí irme, decidí correr tras el, preguntarle su nombre y pedirle disculpas por mi inseguridad y cobardía, por no haber tenido el valor suficiente de acercarme y decirle lo mucho que me gustaba observarle, contarle que mi corazón se paralizaba con solo tenerlo cerca, hacerle saber lo nerviosa que me ponía cuando sabía que estaba cerca y así poder saber si fui o no invisible para él.
Dispuesta a resignarme intenté ponerle mucha más atención a las otras cosas aparte de él que me gustaban, pero a cada momento su rostro venía a mi cabeza de forma involuntaria, creo que mi cerebro tenía un serio problema con sus ojos y las expresiones que hacía cuando por ejemplo le llegaba el sol en la cara y fruncía el ceño entrecerrando los ojos o simplemente cuando una ráfaga de aire jugaba con su pelo y el parecía disfrutarlo.
Un día inusualmente las ojos del recuadro me comenzaron a observar de manera más continua, lo noté porque contaba el tiempo, las miradas por día, 12 miradas que se convirtieron en 24 de un día para otro. No me lo explicaba, sabía que algo andaba mal, sabía que no lo hacían sin motivo alguno, estaba completamente intrigada, pero como siempre me limitaba a observar las cuatro paredes que me rodeaban.
Más o menos al correr de una semana supe el motivo de la anomalía, me llevaron a un cuarto de paredes grises, habían 2 sillas, una mesa en el centro y una gran espejo justo frente a mi. Me dejaron sola allí, pero en unos pocos segundos entró un señor con una sonrisa falsa que simulaba amabilidad, pero se veía en sus ojos que no era sincero su gesto. Comenzó con un par de preguntas sobre mi, me limité a responder solo lo que él preguntaba, de un momento a otro sus preguntas me parecieron extrañas, y si, me preguntó por el chico de las nubes, el chico que yo solía observar en el patio sentada tranquilamente en la banca amarilla, cuando salí de la sala noté que estaban haciendo con todos lo mismo y antes de llegar a mi cuarto me di cuenta que 2 salas más allá estaba lleno de sangre, ahí supe que el muchacho había sido asesinado.
Un sentimiento de angustia me invadió, la tristeza se quería apoderar de mi, pero yo quería parecer fuerte frente a esta, no quería demostrar lo mal que me sentía, no quería asimilar lo cobarde que fui, lo suficientemente insegura como para dejarlo morir sin saber su nombre, teniendo en cuenta que era lo que más me gustaba de este lugar, que siempre esperé con ansias la cuarta mirada para salir al patio y poder verlo, ahora ya no podré hacerlo, ahora no tiene sentido salir si no estará él, si no podré contemplar su figura, su rostro, su mirada, su cabello, sus mirada que me hacía perderme.
Cuando me di cuenta que mi vida ya no tenía sentido, que cada despertar era en vano, porque ya no podía observar lo poco que me mantenía con vida en este lugar decidí irme, decidí correr tras el, preguntarle su nombre y pedirle disculpas por mi inseguridad y cobardía, por no haber tenido el valor suficiente de acercarme y decirle lo mucho que me gustaba observarle, contarle que mi corazón se paralizaba con solo tenerlo cerca, hacerle saber lo nerviosa que me ponía cuando sabía que estaba cerca y así poder saber si fui o no invisible para él.
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